La princesa Mononoke y Shakti: naturaleza, progreso y justicia

Durante el transcurso de mis vacaciones, una pregunta comenzó a ocupar mi atención de manera insistente:

¿pueden la naturaleza y el ser humano coexistir en armonía?

No se trata de una cuestión que admita respuestas ligeras. En ella confluyen planos éticos, morales, jurídicos y biotecnológicos. Para abordar esta reflexión, tomaré como guía metodológica La princesa Mononoke (1997), una obra maestra de Hayao Miyazaki y Studio Ghibli, utilizando como lazarillo al personaje de Ashitaka y las dos visiones ontológicas antagónicas que atraviesan la película.

Por un lado, se encuentra, la princesa Mononoke, defensora radical del bosque, de los espíritus y de la naturaleza como entidad viva. Por el otro, Lady Eboshi, líder de la Ciudad del Hierro, promotora del progreso técnico y protectora de los más marginados: prostitutas, leprosos y excluidos del orden social. Miyazaki no construye aquí una narrativa simplista de héroes y villanos. Ambos personajes encarnan posturas legítimas dentro de una tensión profundamente humana.

Esta complejidad es precisamente lo que convierte a La princesa Mononoke en una obra profundamente humanista. La película no propone fanatismos exacerbados ni soluciones fáciles, sino que expone los costos del progreso y las contradicciones de la modernidad, anticipando dilemas que hoy se manifiestan con crudeza en la sociedad de consumo y en la era digital.

Un ejemplo contemporáneo lo ilustra con claridad:
Google reveló que en 2022 el consumo total de agua en sus centros de datos y oficinas ascendió a 21,2 millones de metros cúbicos, mientras que Microsoft reportó 6,4 millones de metros cúbicos. Aún más revelador, según la propia Microsoft, el entrenamiento de ChatGPT-3 requirió aproximadamente 700.000 litros de agua limpia.

¿Es necesario este consumo? La respuesta no es simple, pero sí honesta: no es posible retornar a una sociedad nómada. La evolución humana depende de nuestra capacidad de adaptación. Como señalaba Darwin, el ser humano tiende a crecer a un ritmo superior a sus medios de subsistencia. Esta fuerza innata debe encontrar proporcionalidad y límites, especialmente frente a los derechos de la naturaleza y la necesidad de una ecología global.

Desde el plano jurídico, esta preocupación no es nueva. Tiene un fundamento universal que se remonta a la Declaración de Estocolmo de 1972, la Carta Mundial de la Naturaleza de 1982, y la Declaración de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza sobre el Estado de Derecho Ambiental. Estos instrumentos marcaron el inicio del derecho ambiental a escala global.

En esta óptica se desarrollan visiones filosóficas y jurídicas que cobran especial fuerza en América Latina, como la Constitución de Montecristi de 2008, la epistemología del Sur y la sociología de las ausencias de Boaventura de Sousa Santos, la teología de la liberación en su giro decolonial, o el perspectivismo amerindio de Viveiros de Castro. Incluso el papa Francisco, en su encíclica Laudato Si’, ha sido objeto de críticas por su acercamiento a rituales amazónicos, acusados erróneamente de idolatría.

La defensa de los derechos de la naturaleza no es, por tanto, un fenómeno nuevo ni exclusivo de Iberoamérica. Sin embargo, su arraigo cultural y su incorporación en textos constitucionales han dado lugar a lo que hoy se denomina nuevo constitucionalismo latinoamericano o constitucionalismo andino, un paradigma que reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos.

Desde esta visión iusfilosófica se ha avanzado incluso en el reconocimiento de derechos a seres no humanos sintientes. Casos emblemáticos lo demuestran: la chimpancé Suiza en Brasil (2007), la orangutana Sandra (2014) y la chimpancé Cecilia (2016) en Argentina, o el oso Chucho en Colombia (2017).

En esta misma línea desciende mi reflexión personal hacia Shakti, mi perrita pomerania negra. Llegó a nuestra vida en enero de 2024, cuando la encontramos en una veterinaria en la calle 63 con Caracas, en Bogotá. Desde el primer momento, tuve la certeza de que no fuimos nosotros quienes la elegimos, sino ella quien decidió transformarnos la vida.

Con el tiempo, Shakti formó su propia familia junto a su compañero Apolo, y de esa unión nacieron Theseus, mi hermoso emperador Tiberio y Simona. Ellos no pueden hablar, pero sienten, se alegran, viajan en avión, reconocen el orgullo y la pertenencia. Son parte de nuestra historia y de nuestro hogar.

Por eso, como afirmaba Schopenhauer:
“A los animales no les debemos compasión, sino justicia.”

Tal vez esa sea la lección más profunda que La princesa Mononoke nos deja: la armonía no surge de la negación del progreso ni del sacrificio absoluto de la naturaleza, sino del reconocimiento ético de que no estamos solos en el mundo.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑