Criaturas de la Pantalla: La Nueva Soledad de Frankenstein

Hace pocos días se estrenó la nueva versión gótica de Frankenstein, dirigida por Guillermo del Toro. Más allá de la mirada estética y narrativa del cineasta, la película despertó en mí una serie de dudas y reflexiones teóricas —filosóficas y jurídicas— sobre la moral en la sociedad contemporánea. Estas inquietudes pueden enmarcarse, particularmente, en las discusiones abiertas por la sentencia T-256 de 2025 de la Corte Constitucional Colombiana y su aproximación a los dilemas morales y estéticos en entornos digitales.

Nos situamos, así, frente a preguntas metodológicas ineludibles:

  • ¿Cuáles son los criterios morales (bueno/malo) en la sociedad de la información?
  • ¿Existe hoy un concepto de estética humana determinado por las redes sociales?
  • ¿Cómo conciliamos visiones subjetivas en política y economía dentro de la era informacional en sede judicial?

Para avanzar en estas preguntas, sirve como guía una frase del propio monstruo de Shelley: “El ángel caído se convierte en un demonio maligno. Sin embargo, incluso ese enemigo de Dios y del hombre tuvo amigos y compañeros en su desolación; yo estoy solo.”

La soledad del monstruo resuena profundamente en la sociedad hiperconectada actual. ¿Acaso no nos sentimos hoy igualmente frágiles y aislados en este universo digital? Lipovetsky lo describe con precisión al afirmar que vivimos en una sociedad de la seducción, es decir, una sociedad del hiperconsumo en la que la imagen personal se convierte en imperativo moral:

“En las redes sociales todo el mundo se pone en valor. Las personas ofrecen una imagen seductora y retocan sus fotos para verse mejor”.

En este contexto, estar conectados puede significar, paradójicamente, estar condenados a la soledad. La distopía parece haber saltado de los capítulos de Black Mirror a la vida cotidiana: un sistema de valoración permanente, donde cada interacción se traduce en puntuaciones que determinan el estatus social. Una sociedad en la que ofender al otro implica caer en la miseria social y económica debido a las bajas calificaciones recibidas. La reputación algorítmica sustituye la ética.

Lo monstruoso, la estética y la blanquitud

Esto nos lleva a la segunda pregunta: ¿Qué es hoy lo humano y lo monstruoso desde una óptica estética posmoderna? Aquí resulta pertinente el concepto de blanquitud desarrollado por Bolívar Echeverría. Él distingue entre blancura —rasgo fenotípico— y blanquitud —estructura cultural y de poder asociada al eurocentrismo—. La blanquitud, así entendida, se impone como canon estético, moral y civilizatorio.

Ejemplos oscuros de esta tensión entre estética, deseo y violencia pueden verse en figuras como Jeffrey Dahmer, cuyos crímenes —asesinato, necrofilia, canibalismo— revelan una dimensión donde lo monstruoso no es un atributo físico, sino un impulso profundamente ligado al daño y a la negación del otro.

Frente a ello, Frankenstein —o más precisamente, la criatura— encarna un anhelo genuinamente humano: el deseo de pertenecer. No busca destruir por naturaleza; desea ser visto, ser reconocido, ser parte de algo. Y su tragedia surge de la exclusión:
“¡Maldito día en que recibí la vida! […] Dios hizo al hombre hermoso y atractivo, pero mi forma es una vil imitación de la tuya. Satanás tenía compañeros que lo alentaban; yo estoy solo y aborrecido.”

Quizá ahí reside el mayor espejo para nuestra era digital: no en la monstruosidad física, sino en el dolor de la desconexión emocional dentro de un mundo hiperconectado, en este escenario, el papel de las redes sociales y de los contenidos publicados en entornos digitales se vuelve un terreno espinoso que atraviesa lo político, lo económico, lo ideológico y lo sexual. Desde esta perspectiva, la Corte Constitucional, en la Sentencia T-256 de 2025, enfrenta estas tensiones mediante una lectura crítica de las normas comunitarias —esas reglas privadas y globales que rigen el comportamiento en plataformas como Instagram— y su impacto sobre derechos fundamentales.

El Tribunal reconoce que estas “normas comunitarias” no son simples lineamientos privados: funcionan como subreglascon efectos jurídicos reales, pues determinan qué contenido permanece, cuál desaparece y quién es “visible” o “invisible” en el espacio público digital. Por ello, deben ser interpretadas bajo parámetros de debido proceso, igualdad, libertad de expresión y libertad de trabajo.

De esta sentencia pueden extraerse tres núcleos esenciales:

  1. Deber de moderación responsable:
    Meta (Instagram) puede moderar contenido, pero no de manera arbitraria; debe respetar derechos como la libertad de expresión, el debido proceso y la igualdad.
  2. Aplicación del test tripartito:
    Toda restricción de contenido debe cumplir con los principios de legalidad, necesidad y proporcionalidad, evitando sanciones desmedidas o injustificadas.
  3. Transparencia y coherencia:
    Las reglas deben ser claras, accesibles y aplicadas de manera uniforme, no discriminatoria y contextual, permitiendo que los usuarios conozcan las razones de las decisiones, sus consecuencias y los mecanismos de apelación.

El mundo digital ha creado sus propias criaturas: perfiles, identidades, reputaciones y comunidades que dependen de la forma en que los algoritmos —nuestros nuevos “creadores”— deciden mostrarnos o borrarnos. La Sentencia del tribunal conentrado de constitucionalidad coloca un límite ético y jurídico a ese poder silencioso, recordando que detrás de cada cuenta, de cada publicación y de cada sanción existe un ser humano con dignidad, trabajo, emociones y un deseo profundo de pertenencia. Es, en cierta medida, un esfuerzo de la justicia por humanizar a los gigantes tecnológicos, recordándoles que ninguna criatura debería ser condenada al exilio digital sin voz ni defensa.

En Frankenstein, la tragedia no nace del monstruo, sino del abandono del creador. En la era de las pantallas, ese abandono se expresa en la opacidad de los algoritmos, en la arbitrariedad de las moderaciones y en la fragilidad de las identidades digitales que pueden desaparecer sin explicación. Así como la criatura clamaba por su reconocimiento, millones de usuarios buscan hoy un espacio donde existir sin temor a ser eliminados por reglas incomprensibles o desigualdades invisibles.

Quizá el verdadero desafío contemporáneo no sea crear nuevas tecnologías, sino crear nuevas formas de responsabilidad. Reconocer que lo humano —su voz, su cuerpo, su trabajo, su subjetividad— sigue siendo el centro, incluso cuando habita en una pantalla. La soledad del monstruo nos advierte: no podemos permitir que las plataformas reproduzcan la misma lógica de rechazo, discriminación o silencio.

En última instancia, la pregunta de Frankenstein continúa vigente:

¿Quién es el verdadero monstruo: la criatura, el creador o la sociedad que decide quién merece ser visto?.

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